mayo: Somos MISIÓN #SomosMarianistas

Etimológicamente, la palabra “misión” proviene del latín missio, que significa “enviar” o “envío”. Desde su origen, encierra la idea de ser llamados y enviados con un propósito que va más allá de uno mismo.

Según los Evangelios, Jesús enviaba a sus discípulos para ser misioneros de la Buena Nueva del Creador: la buena noticia de que Dios nos ama profundamente y que hemos sido creados a su imagen para amar. De este modo, la misión no es solo un encargo, sino una forma de vivir y de relacionarnos con los demás. Los cristianos somos enviados al mundo para sembrar, allí donde estemos, el germen de la vida, la esperanza y el amor.

El Padre Chaminade fue profundamente consciente de su identidad misionera y quiso transmitir este espíritu al corazón de los primeros marianistas cuando afirmaba: “somos todos misioneros (…) cumplid vuestra misión”. Para él, la misión no tenía otro objetivo que formar y multiplicar una multitud de cristianos, no solo porque la Iglesia los necesita, sino porque el mundo necesita personas que vivan y transmitan la Buena Nueva del amor de Dios. Personas capaces de contagiar ese amor, como “un fuego que enciende otros fuegos”.

El Papa Francisco, al reflexionar sobre la misión, nos ofrece una perspectiva aún más profunda: “no es que la vida tenga una misión, sino que la vida es una misión”. Con estas palabras, nos invita a comprender que toda nuestra existencia está llamada a ser entrega, compromiso y sentido. En un mundo donde muchas veces se sobrevive en lugar de vivir plenamente, asumir la vida como misión implica abrazarla con profundidad, responsabilidad y esperanza. Voy descubriendo con el paso del tiempo, aunque todavía siendo un joven-adulto, de que vivir la vida como misión es descubrir la maravillosa presencia de Dios en las pequeñas cosas que nos ocurren en lo ordinario: hacer bien lo que me toca y hacer bien a lo demás, y eso no por puro altruismo, sino porque la vida (todas las formas de vida) es un regalo del Señor y nos toca amarla, cuidarla. Es vivir con entusiasmo y con ganas, aunque ni siempre las circunstancias son favorables. ¡Ahí está la misión!

En este contexto, la tarea educativa adquiere un valor especial. El trabajo del educador no es simplemente un empleo o una fuente de ingresos, sino una verdadera misión. Es una vocación orientada a transformar la sociedad, contribuyendo al desarrollo integral de la persona, promoviendo la justicia, la paz y la dignidad humana. Educar es sembrar futuro, es acompañar procesos de crecimiento y despertar lo mejor de cada persona.

Ser misionero, entonces, no se limita a un lugar o a una actividad concreta. Es una actitud del corazón, una manera de vivir con sentido, apertura y entrega. Es asumir con valentía y alegría la maravillosa aventura de vivir, sabiendo que cada encuentro, cada gesto y cada palabra pueden ser una oportunidad para llevar luz, esperanza y amor a los demás.

Gustavo P. Sá Freire SM



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