Junio: Somos GRACIAS #SomosMarianistas

Hay una actitud que atraviesa toda la vida cristiana y que, sin embargo, corremos el riesgo de olvidar en medio de la prisa, las exigencias o las preocupaciones: dar gracias. No es un simple gesto educado ni una fórmula aprendida, sino una manera de situarse ante Dios y ante la vida. Hemos de reconocer que todo es don, que nada nos pertenece del todo, y que incluso en medio de la dificultad hay un bien que agradecer.

La Sagrada Escritura está tejida de esta experiencia. Desde los primeros relatos, el ser humano descubre que su existencia es regalo. Si buscamos uno de los primeros gestos explícitos de gratitud, podemos verlo en figuras como Noé, que tras el diluvio ofrece un sacrificio en acción de gracias por la salvación recibida. Más adelante, el pueblo de Israel aprenderá a dar gracias en la historia: por la liberación de Egipto, por la tierra prometida, por la fidelidad de Dios, etc. El Apocalipsis describe a los salvados proclamando sin cesar la alabanza y la acción de gracias a Dios. Desde el inicio hasta el final, la historia de la salvación es, en el fondo, una gran eucaristía, es decir, una gran acción de gracias.

De manera especial, el libro de los Salmos es la escuela del agradecimiento. En torno a una treintena son salmos de acción de gracias, personales y comunitarios. En ellos, el orante reconoce lo que Dios ha hecho en su vida: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 136). No se trata solo de agradecer cuando todo va bien, sino de descubrir la presencia de Dios en todo momento. El agradecimiento se convierte así en memoria agradecida y en confianza para el futuro.

Esta actitud alcanza su plenitud en Jesucristo. Él mismo da gracias al Padre en momentos clave: al bendecir los panes, al revelar el Reino a los sencillos, en la Última Cena. No es casualidad que el sacramento central de la vida cristiana se llame precisamente Eucaristía, que significa “acción de gracias”. Ser cristiano es, por tanto, aprender a vivir eucarísticamente.

Los grandes maestros espirituales lo han recordado constantemente. Santa Teresa de Jesús insistía en que “quien a Dios tiene, nada le falta”, invitando a reconocer los dones recibidos. El Papa Benedicto XVI subrayó que la gratitud ensancha el corazón y nos hace más conscientes de la presencia de Dios en la vida cotidiana. Dar gracias no solo es justo, sino que transforma la mirada: nos hace más humildes, más alegres y disponibles.

Al finalizar un curso escolar, esta invitación resuena con especial fuerza. Han sido meses de esfuerzo, aprendizaje, encuentros, dificultades superadas y caminos compartidos. Quizá no todo ha salido como esperábamos, pero precisamente ahí se abre un espacio profundo para la gratitud: por lo vivido, por lo aprendido, por las personas que han caminado a nuestro lado. Dar gracias por un curso que termina es reconocer que Dios ha estado presente en cada aula, en cada patio, en cada momento de crecimiento.

Desde nuestros colegios marianistas, donde queremos educar personas abiertas a Dios y a los demás, aprender a decir “gracias” es también una tarea educativa. María misma es modelo de esta actitud: su Magníficat es un canto de acción de gracias por la obra de Dios en su vida. Ella nos enseña a reconocer la grandeza de lo pequeño y la fidelidad de Dios en lo cotidiano.

Por eso, hoy podemos afirmar con sencillez y con profundidad: somos gracias. Somos fruto de un don, vivimos sostenidos por la Gracia y estamos llamados a responder con una vida agradecida. Que al cerrar este curso podamos hacerlo con el corazón lleno de nombres, de historias y de momentos por los que decir: gracias, Señor.

Miguel Ángel Dieste Pontaque, SM



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